¿El cambio climático y la llegada de nuevas enfermedades?
En una economía globalizada, el flujo de mercancías de una parte del mundo a otra es un hecho corriente. La entrada de contenedores en los principales puertos de mercancías, entre ellas, maderas nobles procedentes de la amazonía, asia o áfrica, poductos agrícolas, etc... es habitual.
Con estas materias primas, puede producirse la entrada de vectores transmisores de enfermedades, como por ejemplo, diferentes variedades y familias de mosquitos, procedentes de zonas tropicales o ecuatoriales. Para evitar la incidencia de éstos, existe una normativa que obliga a la desinsectación y desinfección de las materias primas y/o contenedores de transporte, bien en origen, bien en destino, en función de diferentes parámetros en los cuales no profundizaremos por cuestión de espacio.
Ahora bien, en control de plagas, el cero absoluto es un concepto teórico que en pocas ocasiones puede darse con seguridad. Si a esto añadimos que el volumen de entrada de contenedores a los puertos es ingente, las posibilidades de que una de estas especies transmisoras de enfermedades penetre en nuestro territorio es muy elevadas.
Existen numerosos puntos en nuestro litoral, donde se dan unas condiciones óptimas para el desarrollo de insectos: marismas, salinas y albuferas con abundante agua y vegetación, extensas áreas de cultivos de regadío vertebrados por redes de acequias, etc... Algunas de estas zonas, se encuentran cerca de puertos importantes como el de Sagunto o Valencia, por lo que el “salto” de un vector tropical procedente de un contenedor de mercancías, a una de estas zonas en prácticamente inevitable.
Esto ha sucedido durante décadas, y ocurría lo siguiente: el insecto sobrevivía durante unas semanas o incluso meses, mientras las condiciones diurnas y nocturnas de temperatura lo permitían. Puesto que la mayoría de estos vectores son de zonas tropicales, precisan temperaturas medias constantes de entre 24 y 28 grados. Llegados los meses de invierno, las condiciones desfavorables de temperatura, impedían el ciclo normal de reproducción y al morir los adultos, no se producían nuevas larvas que pudiesen continuar con el desarrollo de la población.
¿Pero ahora qué está sucediendo?. El aumento de temperaturas, sobretodo en lo que afecta a la suavización del invierno y de las temperaturas nocturnas, está favoreciendo cada vez más el óptimo desarrollo de estas especies foráneas tropicales.
Con el establecimiento de poblaciones estables de estos inectos portadores potenciales de enfermedades tropicales como la malaria, es evidente que el riesgo de propagación más o menos localizada de estas enfermedades transportadas es muy alto.
En principio lo expuesto hasta el momento, sin entrar en alarmismos innecesarios, resulta cuanto menos inquietante y otra mancha oscura en el horizonte futuro de nuestra sociedad. Pero, ¿realmente todo el mundo lo percibe de esta manera?. Imaginemos una pequeña comunidad de un país del áfrica tropical donde la malaria ha segado durante años un número importante de vidas de niños y ancianos por falta de medios adecuados para combatirla. La indústria farmacológica basa sus investigaciones y desarrollo de medicamentos en la rentabilidad económica por lo que, el acceso a estos avances y medicamentos es limitado en los países del tercer mundo, y muchas veces, está vinculado a la buena voluntad y labor de asociaciones de ayuda humanitaria.
Tal vez, para alegría de los analistas económicos de los grandes consorcios farmacéuticos, y también, de los olvidados pueblos de áfrica y asia, la posible llegada de esta y otras enfermedades al primer mundo como consecuencia del cambio climático, sea un aliciente para inpulsar la investigación destinada a la cura o paliación de estas enfermedades, la aparición de nuevos fármacos y la bajada de precios de los ya existentes, con lo que tal vez puedan llegar a ser accesibles a los paises del tercer mundo que ya los necesitaban desde hace décadas
Salud - Sanidad
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